Hay Negocios que no se eligen

Cuando el Daimon aparece, el negocio deja de sentirse propio. Ya no es una extensión ordenada de lo que creés querer. Se vuelve un territorio que te reclama

Hay Negocios que no se eligen

Hay un momento (generalmente incómodo, confuso, poco glamoroso) en el que el negocio deja de sentirse como una decisión racional y empieza a operar como una fuerza que empuja desde atrás.

Aún no hay claridad pero hay insistencia.

James Hillman llamó a eso Daimon esa potencia real que antecede a la voluntad.

Algo que nos usa antes de que lo entendamos o que podamos percatarnos. Algo que orienta la vida incluso cuando la mente todavía no tiene lenguaje para explicarla.

Desde esta perspectiva, el negocio no nace de una estrategia. Nace de un llamado.

Y eso es profundamente perturbador para una cultura obsesionada con el control, la previsibilidad y el “éxito consciente”.

Cuando el Daimon aparece, el negocio deja de sentirse propio. Ya no es una extensión ordenada de lo que creés querer. Se vuelve un territorio que te reclama.

Las primeras señales casi nunca son luminosas: aparecen el desorden, la dificultad para definir, la sensación de estar avanzando sin garantías

Ahí emerge la primera fractura: el deseo real contra el deseo impuesto.

El deseo impuesto es prolijo, quiere seguridad, reconocimiento, validación, pertenencia a lo que “funciona”.Es el deseo que aprendimos a desear. El que parece lógico. 

El deseo real, en cambio, no pide permiso.

No siempre es conveniente,ni rentable. Y casi nunca coincide con la imagen que queríamos sostener de nosotras mismxs.

El Daimon no responde al deseo de superficie. Empuja hacia ese deseo más hondo que no controlás, que no sabés explicar del todo y que, muchas veces, te expone.

Aceptar ese movimiento implica riesgo de perder narrativa, identidad previa y puntos de apoyo conocidos.

Por eso tantos negocios se construyen como defensa: crecen, producen, funcionan, pero evitan el contacto con ese llamado real. Y, lentamente, se vacían. No porque fracasen, sino porque dejan de responder a algo vivo.

Cuando el negocio se separa del llamado que le dio origen, se convierte en una maquinaria sin alma. 

Integrar el Daimon no significa romantizar el caos ni abandonar toda forma.

Significa aceptar que el negocio no es algo que poseés, sino algo que —en cierto punto— te posee. Que te forma, te exige, te confronta con lo que evitás y te obliga a abandonar identidades que ya no sirven.

Y acá aparece una verdad incómoda que suele evitarse:

El verdadero riesgo no es fracasar.

El verdadero riesgo es construir un negocio que no responda a ningún llamado real.

Cuando eso ocurre, algo en vos se apaga (aunque todo funcione).

Hay negocios que nacen para expandirte y otros que nacen para desarmar tus máscaras. Solo los segundos dejan obra.

†La Imperatrisa†

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