Cuando no hay amor, el negocio te consume estructuralmente. Devora tiempo de vida, cuerpo, deseo, atención, vínculos.
Actualmente la mayoría no construye negocios: construye mecanismos de supervivencia con apariencia de estética empresarial.
Es una urgencia maquillada de ambición,un miedo que se traduce en productividad y un vacío que busca se rellenado con volumen sin sentido.
Se busca vender para el hoy, sin preguntarse qué queda cuando ya no estás.
Eso no es falta de conciencia,sino una falsa ética: usar antes que cuidar.
No sé contempla consecuencias porque no se detienen a sentirlas.
Por eso, un negocio con amor no es un negocio blando,ni luminoso.Es un negocio que reconoce que cada decisión es política, energética y simbólica. Que entiende que elegir un cliente, un precio, un ritmo, una promesa,no es neutral.
No existe negocio sin impacto a futuro. La pregunta es si ese impacto es asumido o negado.
La cultura emprendedora romantizó la idea de ganar más sin hacerse cargo de lo que se pierde en el proceso y de lo que se genera en otros y en el entorno.
Cuando el amor está ausente,el negocio puede crecer, pero no orienta.Amar, en este contexto, no es sentir ternura,es ser responsable por la huella que dejás,por la vida que producís mientras producís dinero,por quién te volvés cuando elegís, cuando cobrás, cuando dirigís.
Un negocio amoroso no evita el poder,lo encarna con límite.Porque amar implica renunciar a cierta voracidad que el mercado celebra.
Un negocio sin amor siempre termina pidiendo más de lo que puede sostener, más de lo que da.
Un negocio con amor sabe cuándo parar,cuándo decir no,cuándo preservar lo vivo
La Imperatrisa†